09/11/2024. Revista Scherzo, Manuel M. Martín Galán.
Madrid. Auditorio Nacional. 7-XI-2024. La Grande Chapelle. Albert Recasens, dir. Música para el virrey de Nápoles, III duque de Osuna. Delizie di Posillipo boscarecce e maritime. Obras de A. Agresta, A. Ansalone, P.A. Giramo, S. Lacorcia, F. Lambardi, E. de la Marra, G. Palazzotto, G. Spiardo y G.M. Trabaci.
Se sorprendía el público al llegar a la sala de cámara del Auditorio Nacional y descubrir el escenario repleto de atriles, estando como está acostumbrado a agrupaciones de reducido tamaño -un instrumento por parte o poco más-. Pero la ocasión lo requería. La inauguración del Universo Barroco de esta temporada homenajeaba al III Duque de Osuna, don Pedro Téllez-Girón (o Girón a secas, como él mismo se denominaba) en el IV centenario de su fallecimiento, recuperando uno de los espectáculos más suntuosos organizados durante su virreinato en Nápoles. Fue Girón hombre de juventud tumultuosa y aventurera, para después ejercer notable influencia militar y política en los asuntos de la Monarquía. Opuesto a la que se denominó Tregua de los Doce Años, pasó luego a ejercer el virreinato de Sicilia y, posteriormente, el de Nápoles.
Su virreinato acabó muy mal, entre acusaciones -todavía hoy no del todo aclaradas- de estar al frente de la Conjuración de Venecia (1618) y, lo que es peor, de pretender sublevarse contra su señor natural, independizando el reino de Nápoles. Su secretario y amigo Francisco de Quevedo sufrió prisión por ello. Y él mismo, vuelto a Madrid y tras permanecer en una especie de limbo jurídico-político por la protección del duque de Lerma, fue juzgado -la enumeración de los cargos era larga- y apresado con la llegada al trono de Felipe IV y a la dirección de los asuntos políticos de la facción encabezada por don Baltasar de Zúñiga de la que pronto emergería el entonces conde de Olivares. Y privado de libertad falleció en Madrid en septiembre de 1624.
Controversias político-militares al margen, es indudable su extraordinaria labor como mecenas artístico-cultural durante su virreinato napolitano. El mecenazgo nobiliario formaba parte de los usos de la época y en casos como el que nos ocupa, buscaba, entre otras cosas, la potenciación y legitimación de la figura del monarca (y del propio virrey) y la integración política de la nobleza local. Y a ello se aplicó Girón con especial dedicación. La protección que dispensó a Quevedo durante largo tiempo o al joven José de Ribera son ejemplos señeros, pero en absoluto exclusivos. Todas las artes fueron potenciadas bajo su mandato y, entre ellas, destacó muy especialmente la música. Y abundaron las fiestas y bailes cortesanos en el palacio real que él mismo se afanaba en completar y hermosear.
Quizá el ballo más suntuoso fue el que se ofreció el domingo de carnaval de 1620 para celebrar un episodio de mejoría transitoria de Felipe III en la enfermedad que, finalmente, le llevaría a la tumba, todavía joven, el año siguiente. La Festa a ballo fue protagonizada por don Álvaro de Mendoza, castellano del Castel Nuovo, con otros veintitrés caballeros italianos, en presencia del Duque de Osuna, a quien realmente se honró en ella, más que al lejano monarca. Se editó inmediatamente un Breve Racconto con su descripción, recogiendo el escenario –il delizioso monte di Posilipo-, la riquísima vestimenta de los participantes, el esquema gráfico de las 24 formaciones del ballo en que se desplegaron los caballeros y, lo que para lo que tratamos es más importante y raro, las partituras de la música, instrumental y vocal, de Giovanni Maria Trabaci, maestro de capilla del palacio real, Francesco Lambardi (el compositor que más música aportó), Pietro Antonio Giramo, Andrea Ansalone y Giacomo Spiardo. Estas Delizie di Posilipo conocieron una primera grabación discográfica allá por 1992, a cargo de Philipp Pickett. Pero nunca se habían interpretado en España hasta anoche. Y dado que su duración es limitada, Recasens completó el concierto con otras nueve composiciones, también vocales e instrumentales, del citado Trabaci, Agostino Agresta, Scipione Lacorcia, Ettore de La Marra, Giuseppe Palazzotto y Pietro Antonio Giramo, varias de ellas, lo que es muy de agradecer, en estreno en tiempos modernos.
Fue, en definitiva, una amplia y variada panoplia de la música que se interpretaba habitualmente en los círculos cortesanos del Nápoles virreinal del primer cuarto del Seiscientos. Toda una novedad, insistimos, por estos lares. Y para su interpretación Recasens desplegó un conjunto espectacular. Nada menos que veintiún intérpretes instrumentales -entre ellos, nombres de resonancia internacional- y diez vocales. Y hubo, naturalmente, una larga lista de instrumentos, algunos muy inusuales: bombarda, chirimía, las familias de flautas dulces, bajones, sacabuches y vihuelas de arco prácticamente al completo, además de los habituales violines y otros instrumentos asociados al continuo. Hubo momentos, desde luego, deslumbrantes y grandiosos cuando el grupo intervenía al completo. Hermosísima fue la intervención de un cuarteto de viento encabezado por la bombarda desde lo alto del escenario (A voi, fsmoso eroe, de Trabaci). En general, los instrumentistas cumplieron feliz y sobradamente con sus cometidos en todas las combinaciones en que intervinieron. Fue lo mejor de la velada. Y el percusionista Pere Olivé recibió una sonora ovación al final. Queda, no obstante, la duda de si en los momentos de plenitud no se sobrepasaba lo requerido en un espacio como el de la sala de cámara. Y desde luego, con cierta frecuencia los instrumentos dejaron en un segundo plano a las voces, también en general bien empastadas y solventes. Si tuviéramos que destacar un par de nombres, lo haríamos con la soprano Irene Mas y el tenor Nicholas Scott. No obstante, las obras interpretadas a capella quedaron más de una vez un tanto pálidas. Y puede que no fuera ajena a ello una dirección quizá precisada de mayor desinhibición e incisividad. Pero son detalles que no llegaron a empañar una llamativa velada de la que el público salió visiblemente satisfecho.