07/02/2026 Scherzo. Manuel M. Martín Galán
No es frecuente en los tiempos que corren programar un concierto monográfico dedicado a la excepcional figura de Tomás Luis de Victoria. Pero cuando ocurre, es de lo más gratificante sumergirse en su música, dejando que la espiritualidad se apodere del ánimo, llevándolo hacia las alturas… aunque sea en el ámbito laico y prosaico de una moderna sala de conciertos. Siempre que asisto a un concierto de estas características echo en falta el templo para el que esta música fue concebida y en el que cobraría todo su sentido, incluso para los mayoritariamente seculares espíritus de nuestros días. Pero, por más que soñemos y deseemos situaciones ideales, debemos ajustarnos a la realidad y, ante todo, agradecer a Albert Recasens su denodado y permanente esfuerzo por rescatar y difundir la polifonía española del Siglo de Oro, quizá la etapa de mayor esplendor de nuestra música.
Ávila, Roma y Madrid fueron las tres ciudades que enmarcaron la trayectoria vital de Victoria. Ávila, probablemente, le vio nacer hacia 1548 y, en cualquier caso, fue en su catedral donde recibió la primera formación musical como niño cantor. Saltaría pronto a Roma, donde abrazó el sacerdocio, maduró musicalmente y alcanzó merecido prestigio. Y en Madrid sirvió, en las Descalzas Reales, a la emperatriz viuda María de Austria, hermana mayor de Felipe II y esposa de Maximiliano II de Austria, antes de regresar por poco tiempo a Roma y volver de nuevo a Madrid y a las Descalzas Reales, donde tras el fallecimiento de la emperatriz (1603) permanecería como organista hasta su fallecimiento en 1611.
Recasens programó un concierto con la Misa Salve Regina, de 1592, como columna vertebral. Es una de las más imponentes misas de su producción y tiene como base (misa-parodia) el no menos soberbio motete Salve Regina a 8, que había publicado en 1576, algo que se muestra de forma patente en diversos momentos de su desarrollo, siendo ésta una de las Misas en que más profusamente utiliza dichos autopréstamos de fragmentos polifónicos. La Misa fue precedida del motete que le da sustancia y nombre, y se presentó fragmentada en tres grandes bloques (Kyrie-Gloria, Credo, Sanctus-Agnus Dei), intercalando un motete entre dichos bloques y fue seguida de otros seis, mayoritariamente del libro de 1572, para concluir con el suntuoso Magnificat de 1600.
Es un repertorio que Recasens conoce a fondo y lo demostró cumplidamente en el concierto, dirigiendo con sobriedad, precisión y firmeza, sin flaquear ni un momento, a un grupo que respondió fielmente a lo que se pedía y esperaba de él. Ocho voces y siete instrumentistas componían en este caso La Grande Chapelle, que se distribuyeron en distintas formaciones concretas a lo largo del concierto, conforme a las exigencias de la partitura y la visión del director. Divididos en dos coros durante la misa, un cuarteto apoyado por órgano, violón y tiorba alternaba con la formación plena en sus distintas partes. Muy bien empastados, saltaba la música de un coro al otro ágilmente presentando los contrastados acentos dibujados por el compositor y acertadamente subrayados por Recasens, si bien el peso de los instrumentos de viento —corneta, dos sacabuches y un bajón— dominaba excesivamente el conjunto, tapando, sobre todo, la frágil sonoridad de la tiorba e incluso del violón. Leve sombra, no obstante, que no llegó a empañar el resultado.
Se adoptaron, igualmente, distintas formaciones para afrontar los motetes —volvió a aparecer el cuarteto vocal con simple acompañamiento instrumental como basso; de un grupo homogéneo en su elevada calidad, entresacamos las voces del contratenor David Sagastume y del barítono Hugo Oliveira—, jugando con la necesaria variedad tímbrica. No podemos pormenorizar cada uno, pero sí destacamos un momento de especial exquisitez cuando la soprano Raquel Mendes, simplemente acompañada por la tiorba y el órgano, abordó el refinado Ne timeas, Maria, en que el arcángel Gabriel sosiega el turbado ánimo de la Virgen al recibir el anuncio de la concepción. O la espléndida lectura del Ave María, con un excelente Simen van Mechelen acompañando con el sacabuche. Magnificente, por otra parte, resultó la interpretación de Quam pulchri sunt, transformado en pieza instrumental. Y tras un magnífico Vadam et circuibo sobre versículos del Cantar de los Cantares (seis voces apoyadas por el siempre eficiente órgano de Jorge López-Escribano) el citado Magnificat de 1600 con la formación en pleno cerraba magníficamente un concierto inusual, pero necesario, que dejó muy satisfecho al público.